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Rubén Suarez, 1993

UNA TURBADORA Y DOLIENTE IMAGINERÍA
Prensa. La Nueva España. (X – 1993) ///


Expone el escultor Amancio González (Villahibiera de Rueda, León, 1965) en la Fundación Evaristo del Valle de Gijón, después de haberlo hecho el pasado verano en el Museo Antón de Candás, como último ganador de la beca “Antón” de Ayuda a la Creación Escultórica. Un escultor aún muy joven y que apuesta por un universo personal muy acusadamente propio en el que conviven el clasicismo y la modernidad por cuanto, como se ha señalado, su poética y sus formas conectan con el arte románico y gótico de sus raíces culturales, al que añade ciertas dosis de paganismo, y al mismo tiempo se expresa con un áspero expresionismo que adquiere intensas notas de grotesca perversidad que hacen que su obra nos resulte extraordinariamente perturbadora. Un obra desgarrada ante la que no se puede permanecer indiferente, lo cual no es poco mérito en la época en la que abundan las creaciones escasamente impactantes.
Amancio utiliza el árbol-estípite como morada o como prisión, ambas cosas quizá, de unos personajes torturados, como ídolos dolientes de una extraña imaginería humano-vegetal tallada con buscado brutalismo, con tosquedad popular.
Unos personajes que, por otra parte, transmiten un sentimiento de desvalida impotencia que cabría interpretar de “clausura existencial” tal como certeramente nos dice Antonio Gamoneda en su texto de presentación. Son todas ellas sensaciones muy evidentes y muy dentro de fácilmente perceptibles por el espectador ante estas piezas, por otra parte de gran variedad dentro de la personal mitología de Amancio, cuyo expresionismo revelador de la humana angustia y clásica inspiración vuelve a la actualidad las palabras de Malraux, últimamente más bien en entredicho, quien aseguraba que desde la muerte de Miguel Ángel hasta el arte moderno, sin exceptuar a Rodín, la escultura se convierte en un diálogo con el pasado. En el caso de Amancio es enteramente cierto.